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martes, octubre 01, 2019

Los vaivenes de la memoria


“Si el pasado es una ausencia que sólo puede colmarse a través de las huellas,
 las memorias públicas no forzosamente están unidas a estas marcas” *
Eugenia Allier Montaño 

            En algún lugar versátil, se configuran y reconfiguran las memorias colectivas con los matices imperantes en una secuencia estigmatizada por la visión oficial…

Escribo en la víspera del 2 de octubre cuando todos los inmuebles ubicados en el trayecto de las marchas conmemorativas se pertrechan para resistir los daños de los vándalos y anárquicos infiltrados, en una deleznable tradición que se agudiza cada año. No siempre fue así. Recuerdo que durante muchos años el tema fue censurado y las demandas, ninguneadas. Para evitar los claroscuros de mi memoria busqué información de los inicios y la secuencia de las conmemoraciones del 2 de octubre; encontré un ensayo, excelente, de Eugenia Allier Montaño (Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM) que documenta brillantemente la trayectoria de la memoria colectiva en torno a la masacre de Tlatelolco en 1968.

Desde el primer aniversario, todavía en el régimen de Gustavo Díaz Ordaz, la esencia de las conmemoraciones fue la petición de la libertad de los dirigentes e integrantes del movimiento (presos en Lecumberri); eran marchas de universitarios que, invariablemente bajo la lluvia, encendían veladoras y guardaban un minuto de silencio a las 18:10 horas; en aquel entonces persistía la versión de la conjura del comunismo internacional contra el estado mexicano y bajo esa lógica, todo lo relacionado con el movimiento se consideró clandestino, ilegal y hasta inmoral; la izquierda era casi invisible y aunque el estado controlaba a la prensa y a los medios de comunicación, en el editorial del periódico El Día, el 2 de octubre del 1969, aparece por primera vez la consigna social de “no olvidar” que acompañará a los manifestantes cada aniversario.

En el sexenio de Echeverría se consuma el debilitamiento de la izquierda e inicia la desintegración del movimiento mediante la cooptación del Estado de “amplios sectores de los jóvenes” involucrados. En los sexenios siguientes, la marcha conmemorativa del 2 de octubre fue el breve espacio para los reclamos sociales de la liberación de presos políticos y la denuncia de desapariciones forzadas en  la guerra sucia pero aquellas manifestaciones nunca fueron un motivo de alarma ni el foco de atención en los gobiernos del Priato. Fue hasta finales de los 80s cuando la exigencia por una apertura democrática derivó en el surgimiento de la sociedad civil que dignificó la conmemoración del 68 y en los 90s, los medios y la clase política reivindicaron el movimiento y el reclamo era por el juicio y el castigo a los culpables.

            Ha sido un largo y sinuoso camino. Por eso es lamentable, insufrible, el espectáculo grotesco en el que han convertido una conmemoración histórica y un reclamo legítimo. Me queda claro que persiste el vicio de vulgarizar la memoria y deslegitimar los movimientos sociales con huestes de vándalos que obedecen los matices imperantes en una secuencia estigmatizada por la visión oficial…


Unamita por derecho propio


Dedicada a mi amigo Antonio Castañeda de Luna

            En algún lugar académico se establecieron las fronteras de la genialidad y los requisitos de la intelectualidad; por azares del destino, la protección de la llama del saber quedó atrapada en la opacidad de los mediocres…

El 6 de agosto del 2018, todos los niños y los adultos de México nos enteramos, con singular alegría, de la admisión de Carlos Santamaría Díaz en la Facultad de Ciencias porque a sus 13 años sentó un precedente alentador como el alumno más joven que ingresa a la Universidad Nacional Autónoma de México; en aquel entonces, se creía que este niño genio sería el primero de muchos, que en las instituciones académicas se valoraban el talento y la capacidad intelectual sobre todas las cosas y que el potencial de Carlos se desarrollaría en un ambiente inclusivo y enriquecedor.

Sin embargo, desde el primer semestre en la carrera de Física Biomédica, el unamita más joven fue víctima de acoso, difamación y discriminación por su edad. Los victimarios fueron quienes deberían haberlo apoyado, pero sus profesores cedieron a la más vulgar de las envidias. La intensidad de los agravios fue en aumento: desde calificaciones injustas e injustificables y regaños, hasta una campaña en redes sociales donde se pretendía demostrar que Carlos carecía del talento y la capacidad académica indispensables para ingresar a la UNAM.

Las autoridades académicas no le concedieron ni la más mínima importancia a la denuncia de acoso presentada el 20 de agosto del 2018; se reiteró por correo electrónico el 2 de septiembre y la respuesta de Catalina Elizabeth Stern Forgach, directora de la Facultad de Ciencias, fue que se investigaría el caso. Ante la indiferencia deliberada de las autoridades académicas, Fabián Santamaría, padre de Carlos, interpuso una demanda de amparo el 10 de septiembre. Días después, la directora de la Facultad informó que sancionó con una amonestación al profesor que lanzó la campaña contra Carlos.

Y así, transcurrieron dos semestres. El 23 de septiembre de este año, el Séptimo Tribunal Colegiado en materia administrativa del Primer Circuito otorgó el amparo a Carlos y ordenó a las autoridades universitarias que implementen “las medidas de protección que garanticen el óptimo desarrollo y su pleno derecho a la educación”.

Este aberrante incidente exhibe la pobreza del espíritu de quienes deberían elevarlo en un mundo controlado por adultos donde la genialidad es cosa de iluminados o locos, pero no de niños; quiero creer que es la primera de muchas batallas contra los prejuicios, que la edad ya no será uno de los requisitos de la intelectualidad y que la genialidad de Carlos y de muchos niños mexicanos logrará deslumbrar a todas las opacidades mediocres que pretendan ignorarlos.

Al momento de firmar esta columna me enteré del fallecimiento de mi querido amigo Antonio Castañeda de Luna, a quien admiraré siempre; con su genialidad y su congruencia combatía la opacidad de la ignorancia. Seremos realistas Toño y soñaremos lo imposible…

lunes, agosto 13, 2018

La noche de un día soleado. 50 años de silencio. Primera parte




“Tiempo al tiempo y cada huella irá encontrando su arena.”
Jorge Drexler

En algún lugar hermético y ferozmente custodiado languidecían las imágenes de un dolor recluido en el olvido; pero las leyes del tiempo son implacables y nada ni nadie se resiste a sus efectos…   

La contundencia de los años es ineludible. Parece que por fin languideció el poder que reprimía todos los esfuerzos por esclarecer el movimiento estudiantil de 1968; quiero creer que la férrea censura y las violentas represalias quedaron atrás. Hoy por hoy, la memoria se sublima acariciando las heridas latentes provocadas por un olvido forzado:

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publica una serie de suplementos de su Gaceta, desde julio y hasta noviembre, con la recuperación de “trozos” de la memoria de los acontecimientos del movimiento estudiantil; el programa de conmemoraciones de la UNAM incluye más de 110 actividades y la creación de un patronato. Y a principios de agosto, TV UNAM estrenó la serie “Verano del 68” dirigida por Carlos Bolado, quien después de 9 años de censura podrá compartir “la historia que siempre quiso contar”. 

El 22 de julio de este año, el micrositio digital “A 50 del 68. La historia que nos une” inició la recreación de los acontecimientos que desencadenaron el movimiento estudiantil y la efervescencia social en 1968 recuperando testimonios de los protagonistas en un muro virtual, adaptando los mensajes de aquel entonces a la inmediatez de las redes sociales.

Otro esfuerzo para esclarecer este episodio es el lanzamiento de la “Colección M68. Ciudadanías en movimiento” del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) que integrará el archivo histórico del periódico El Universal sobre el movimiento estudiantil en un cerebro digital.

Y así, las verdades saldrán a relucir, y la recuperación de las verdades es un motivo para celebrar porque el peso inclemente del silencio forzado fue atroz. En aquel entonces, todos los medios de comunicación transmitieron la versión oficial de los hechos. Un ícono de la censura de aquellos días es la frase con que Jacobo Zabludovski inició la emisión del 2 de octubre del noticiero 24 horas de Telesistema Mexicano. Después de la masacre en Tlatelolco y de una tarde con tormentas, la nota inicial fue: “En la ciudad de México hoy fue un día soleado”.

Y al día siguiente, el 3 de Octubre, las primeras planas de la prensa sometida (y vendida, como muchos la califican) describían un sangriento zafarrancho entre las fuerzas armadas y un grupo de francotiradores conformado por estudiantes, comunistas y terroristas cuya misión era vulnerar al estado mexicano en la víspera de los juegos olímpicos. No… no es casualidad: de ahí surgió el nombre del batallón Olimpia.  

La libertad de prensa, la objetividad y la imparcialidad periodística se refundieron en un cajón extraviado obedeciendo las exigencias de la “Corte del boletín”, como define José Carreño Carlón al mecanismo de control y censura ejercido en aquel entonces cuando las fuerzas del régimen custodiaban ferozmente las imágenes del dolor infringido y las recluyeron en las mazmorras del olvido forzado; pero las leyes del tiempo son implacables y nada ni nadie se resiste a sus efectos…
Continuará…          

domingo, abril 21, 2013

Alma Mater


En algún lugar apacible, en una arboleda cercana al templo de un héroe mitológico, lejos de las murallas de la ciudad y fuera del ámbito político, un sabio griego infundió en sus alumnos la libertad del pensamiento  y los condujo por el único sendero de la sabiduría…

 

            La autonomía garantiza la libertad de cátedra en las universidades públicas, libertad para diseñar sus planes y programas de estudio, para difundir la cultura y la ciencia sin limitaciones ni restricciones por parte del poder público, para investigar y generar conocimiento sin imposiciones del sector empresarial. Una universidad pública es autónoma cuando el único factor determinante en la vida académica es la búsqueda de la excelencia en la formación de profesionales. 

 

            Las aulas universitarias están exentas de los caprichos de la censura oficial que podrían inhibir la divulgación de ideas y saberes pero la autonomía no significa impunidad. Los delitos no pierden su tipificación jurídica cuando se cometen en un campus universitario y se transforman en una ofensa social cuando lesionan el patrimonio de la ciudadanía, adquieren una magnitud dolosa cuando la violencia de una minoría perjudica a toda la comunidad universitaria por la vía del desprestigio.

 

            Este año se han registrado seis agresiones en diferentes planteles de  la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); la saga de estas agresiones se registró en febrero cuando un grupo de  encapuchados tomó con violencia las instalaciones del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) en Naucalpan, Estado de México. En esa ocasión, los activistas encapuchados rociaron gasolina, encendieron fuego, rompieron vidrios y causaron destrozos en las oficinas del plantel y de la Dirección General del CCH en franca oposición a la reforma al plan de estudios del Colegio. La reforma en cuestión pertenece al Plan de Desarrollo Institucional 2011-2015, del Rector José Narro, cuyo objetivo es  “fortalecer el bachillerato de la UNAM y su articulación con los otros niveles de estudio, continuar con la mejoría de la eficiencia terminal y elevar la calidad de la formación de los egresados”.  Los 12 puntos de la reforma académica incluyen la actualización de los profesores, un sistema institucional de tutorías, la incorporación de la educación física, la filosofía y el  inglés  como materias obligatorias y la opción del francés como segunda lengua extranjera, la duración de las clases, el horario continuo y cursos en línea. 

 

            El argumento para las agresiones es absurdo; es una brutalidad, una aberración que contradice las aspiraciones de los auténticos alumnos universitarios. Quienes ingresan a la UNAM y lo hacen con la convicción de adquirir las habilidades y los saberes que implica  la calidad profesional, están dispuestos a cumplir con los requerimientos institucionales tendientes a elevar el nivel académico.  Los universitarios legítimos saben que la excelencia es el resultado de la dedicación, de la perseverancia y de la honestidad pero la excelencia es un concepto incomprensible para una minoría de atorrantes y haraganes que mantiene secuestrada mi Alma Mater.

 

Somos muchos, muchísimos más, los universitarios legítimos que condenamos las atrocidades cometidas por una minoría que se encubre en el anonimato y que se envalentona ante la desmedida prudencia de las autoridades. Me indignan estas afrentas. Hace ya muchos años, en la ciudad universitaria adquirí  el hábito de la excelencia y la vocación por la crítica, por eso creo firmemente que es imperativo conservar los rasgos primigenios de esta noble institución: alejarla de los caprichos del ámbito político, inmunizarla contra el corporativismo educativo que produce “intelectuales orgánicos” y contra los intereses del mercado que exige “mentes de obra” para resguardar  su independencia porque solamente en la autonomía plena será posible infundir la libertad del pensamiento  y avanzar en el único sendero que conduce al progreso.

 

“Por mi raza hablará el espíritu”

 

 

*Lic. en Contaduría orgullosamente por la UNAM.