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domingo, junio 16, 2013

Tres palabras


“Ser padre o madre es el mayor acto de coraje que alguien puede tener,

porque es exponerse a todo tipo de dolor,

principalmente el de la incertidumbre de estar actuando correctamente

y del miedo de perder algo tan amado.”

José Saramago

 

            En algún lugar genético, entre los rasgos trazados durante la evolución, inmersa en las fibras más sensibles de los progenitores, perdura una habilidad extraordinaria que le confiere a los anhelos la consistencia de las convicciones…

 

            En todas las versiones de la vida, la procreación culmina con la independencia de los vástagos y en el preciso momento en que abandonan el nido para emprender  la construcción de su destino.  En el hábitat natural, la función de los progenitores se ha mantenido inalterable pero en el entorno cultural, susceptible a los cambios provocados en el nombre del progreso, la relación entre padres e hijos es un reflejo de la idiosincrasia predominante que en muchas ocasiones es totalmente ajena al mandato de la naturaleza.

 

            Durante la Modernidad, la función de los padres se adaptó a los paradigmas de un entorno cambiante y esquivo.  Cuando la mujer se incorporó al sector productivo por las  exigencias de un mundo bélico se transformó la configuración de hogar. Cuando se derrumbaron las fronteras y el mercado se erigió como el dogma social, el hogar encontró el sustento en ciudades y países lejanos. La madre trabajadora y el padre ausente han sido las figuras paradigmáticas en los hogares posmodernos.

 

            Y justamente ahora, cuando se celebra a los padres, es imperativo reconocer que los atributos de la maternidad y  de la paternidad se han transformado en épocas críticas y que  los hogares funcionan en condiciones distintas, no mejores ni peores, simplemente diferentes. Yo?... le confieso que prefiero celebrar la paternidad: porque la crianza y la formación de los hijos es una responsabilidad que excede las cuestiones de género. Una madre en la posmodernidad cumple también con las funciones del padre y viceversa.

 

            La gran mayoría de los hogares en la aldea global son monoparentales: ya sea por decisión de la madre, por el divorcio o por la ubicación de la fuente del sustento, circunstancia que arrebata al padre del terruño. La paternidad debe entenderse  como el compromiso moral que asumen los progenitores para formar a los hijos y convertirlos en personas independientes, capacitándolos para buscar la felicidad Ser padre y/o madre implica asumir las características del ejemplo con que se pretende educar a los hijos, enfrentar las vicisitudes del destino, soportar las exigencias del trabajo, compensar ausencias y endulzar lejanías. Esta función, que excede los atributos tradicionales del género, implica el respeto a la individualidad de los hijos, como seres únicos e irrepetibles con sueños y aspiraciones propias.

 

            La misión de los padres culmina cuando los hijos encuentran el sendero que los conduce a su realización plena como seres humanos, cuando encuentran la felicidad. Y entonces,  la única compensación, la más valorada y apreciada consiste en tres palabras: “te quiero papá/mamá”,  que expresadas en el momento oportuno y con la dosis  exacta de agradecimiento  compensan  todos los afanes, desvelos, angustias, sacrificios y ausencias, colmando de satisfacción todos los anhelos…

domingo, junio 17, 2012

Cien mil afanes


“Nunca en las angustias por verte contento, he trazado signos de tanto por ciento.

Ahora, pequeño, quisiera orientarte: mi agente viajero llegará a cobrarte.

Será un niño tuyo: gota de tu sangre, y entonces, mi niño,
como un hombre honrado, a tu propio hijo deberás pagarle.”




            En algún lugar invulnerable, en una fortaleza edificada con la voluntad y el deber, noche tras noche y por el impulso de los anhelos se agrega una pluma a las alas que algún día emprenderán el vuelo hacia el punto más lejano del horizonte…



            Cuenta la leyenda que Dédalo, el arquitecto de un mítico laberinto, fue encarcelado en una torre de Creta con su hijo, Ícaro, y ahí, Dédalo fabricó unas alas para superar aquel infortunio. Unió las plumas grandes con hilo y las pequeñas con cera, y por eso, le advirtió a Ícaro que al volar no se acercara al sol. Cuando emprendieron el vuelo, el éxtasis de la libertad impulsó a Ícaro y buscó el paraíso  más allá de la esfera celeste, y la cera de sus alas y el horizonte de sus  ansias se derritieron.



            La figura paterna, como todos los parámetros del comportamiento,  es susceptible al contexto: la definen los criterios predominantes,  se configura por los modelos socialmente compartidos y generalmente aceptados. En la sociedad conservadora y restrictiva en los principios del siglo XX, el padre encarnaba la autoridad implacable, el rigor de una disciplina ineludible. Con la contracultura emergió una sociedad permisiva y los hijos de los padres autoritarios se convirtieron en padres comprensivos que declinaron en el ejercicio de la autoridad y la delegaron a sus hijos quienes la ejercieron como pequeños tiranos.



            Durante la transición de una época a otra coexisten modelos tradicionales y emergentes; la familia es un paradigma que admite todas las versiones de la convivencia. En los hogares tradicionales, la paternidad se asume con la legendaria convicción de Dédalo y todos los afanes se dedican a la formación de un carácter libre y autónomo. Cuando se desvanecen los compromisos emocionales,  la figura paterna equivale a una ausencia generalizada en un modelo emergente de familia; la  paternidad se expande más allá de la aportación biológica y abarca un territorio que excede al mandato genético. En los hogares monoparentales el ejemplo y la autoridad son responsabilidades que recaen en uno de los progenitores, sea hombre o mujer.



            La sociedad de mercado impone ubicaciones y horarios laborales que alguna vez fueron impensables; la cultura de masas propaga  nuevos valores y estilos de vida. Esta época se define por la ruptura de paradigmas y en este entorno, la paternidad es un compromiso moral que un ser humano acepta con la convicción de trascender en la personalidad de los hijos. Ya sea en el hogar o lejos de la familia, con el apoyo del cónyuge o cargando con toda la responsabilidad, la figura paterna encarna en aquellos visionarios que fusionan el cariño y la disciplina en un abrazo. Hoy por hoy,  cuando el individualismo deviene en egocentrismo y declina la capacidad de compromiso, la paternidad es una convicción, una generosa actitud, la versión más honesta de la empatía que se reproducirá en el futuro cuando los hijos (propios o ajenos) se conviertan en padres y repitan el ritual inexorable  de los anhelos al agregar  plumas a las alas que algún día emprenderán el vuelo hacia el punto más lejano del horizonte…



Dedicada al héroe de mi hogar y padre de mis hijos,

y a todas las figuras, sea cual fuere el género,

que valientemente enfrentan los retos de la paternidad.



Feliz Día del Padre!!