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domingo, mayo 22, 2011

Retórica barata

En algún lugar de la retórica, en el tomo de la persuasión y en capítulo de la ética se establece una regla inquebrantable cuya obediencia determina el impacto social de los discursos y la autoridad moral de quien los pronuncia...

Dicen los que saben que los efectos del poder se establecen en los discursos, que la persuasión es el motivo que desencadena los cambios en las ideas, las opiniones y en las pautas de conducta, y que por eso, desde que la oscuridad de los tiempos, la influencia de una persona depende de la calidad de su discurso.

Si los ojos son el espejo del alma, luego entonces: el lenguaje es el reflejo de la personalidad; el impacto de un discurso está íntimamente ligado a la ética de la persuasión y a la retórica. No obstante, estos recursos sólo son infalibles cuando los ejecutan mentes brillantes; por eso, cuando abundan las baratijas retóricas en los discursos se proyecta una mentalidad incipiente, un carácter frenético, la ausencia de talento.

Sí! Los artífices de los grandes discursos han logrado convencer con la contundencia de sus razones y motivaron a pueblos y naciones con la validez de sus argumentos. Las obras maestras de la oratoria coinciden con los hitos en la historia. Son piezas excepcionales, inigualables. Y además deberían ser inimitables: la retórica establece reglas escrupulosas en las similitudes, porque existe una diferencia contundente entre las comparaciones y las imitaciones: si las comparaciones suelen ser odiosas, las imitaciones son poco más que despreciables.

Entre las líneas de los discursos recientes de Felipe Calderón se adivina la obsesión por legitimarse, la imperiosa necesidad de justificar las necedades injustificables en el ocaso de su régimen. Pero sobre todo, son evidentes los acentos de la desesperación. Sólo así pueden explicarse las aberrantes comparaciones del calentamiento global con un partido de futbol soccer, los disparos de un arma con los tragos de tequila, los efectos del narcotráfico con el glamour hollywoodense, los cárteles de la droga con las letras de una incógnita.

Sí! … fueron expresiones ridículas, y tal vez tolerables por el caudal de burlas que provocaron. Pero la peor de sus estrategias discursivas fue la increíble (pero por la dificultad de creer) comparación de su régimen con el contexto de Winston Churchill. La comparación es fatal porque no existe ninguna similitud, ni en la realidad ni en la retórica. Equipararse con un verdadero estadista fue una auténtica desgracia (pero por la falta de gracia y talento), una perorata infortunada, un llamado intrascendente a la victoria, un discurso con un impacto negativo, ejecutado con la desesperación como estrategia que exhibe la escasa autoridad moral de quien iracundamente lo pronunció...

domingo, febrero 06, 2011

Norma mexicana

En algún lugar impecable, en la gerencia internacional de la excelencia se instituyen las normas y los parámetros de la perfección con que habrán de calificarse todos los perfiles del profesionalismo…

La aplicación de normas y reglamentos para el registro, acreditación y certificación se extiende a la mayoría de las actividades profesionales y productivas; hoy por hoy, la inmensa mayoría de egresados de programas académicos deben someterse a una evaluación de los cuerpos colegiados, y en el ejercicio de la profesión asumen el compromiso de actualizarse constantemente y someterse continuamente a los criterios de evaluación, perfiles e indicadores del desempeño profesional.

La aspiración a la excelencia se materializa, se cuantifica y se generaliza: la Organización Internacional de Estandarización instituyó la norma ISO 9001, un parámetro internacional que se aplica a los sistemas de gestión de calidad que se centra en todos los elementos de administración de calidad.

Y así, la producción de bienes y la prestación de servicios se someten a los perfiles de la eficiencia estipulados en la cumbre del planeta, lejos de la corrupción, el abuso y la impunidad, donde la perfección es posible. Bajo ese criterio y desde la perspectiva distorsionada de la doble moral, el gobierno estadounidense certifica el desempeño de las instituciones mexicanas en la lucha contra la delincuencia organizada. Desde la cúspide del prisma económico, donde la pobreza es tan sólo un porcentaje incómodo, se certifican los grados de inversión de economías nacionales.

La tendencia se agudiza y el criterio suele aplicarse a todas las actividades susceptibles de cuantificarse, desde la enseñanza hasta la medicina, de las comunicaciones a la ingeniería; abundan los indicadores y los perfiles para cada área del quehacer humano: el índice de empleo, el porcentaje de denuncias atendidas, el número de reclamos resueltos. Quien no aprueba la evaluación colegiada sufre un demérito en el ejercicio de su oficio o profesión.

Ahora, la perspectiva inmaculada de la eficiencia se aplica a las políticas públicas donde predomina un denso oscurantismo. Felipe Calderón afirmó que la clave para ganar la batalla contra el crimen organizado está en la reconstrucción institucional de policías, Ministerios Públicos y jueces quienes para certificarse deberán someterse a los parámetros de control de confianza. Según el mandatario, por arte de magia, al certificar a los encargados de la seguridad y la procuración de justicia se desarticulará el vetusto mecanismo del crimen.

Sí!... Calderón padece una simplicidad superlativa que impide su acreditación como estadista, porque si la seguridad nacional dependiese del cumplimiento de los parámetros de una certificación, esa misma norma podría extenderse a todas las áreas de la administración pública. Y entonces, en un optimismo exacerbado, se evaluaría el desempeño profesional del legislativo y del ejecutivo aplicando la norma de los Mexicanos Encandilados y Soñadores (léase MENSO 2011), y es muy probable que el índice de funcionarios certificados sea mínimo: cuántos diputados y senadores realizan eficientemente sus funciones? Cuántos secretarios anteponen las necesidades sociales a sus interés particulares? Con qué perfil se evaluará el desempeño de un presidente? Y en ese caso, quien sería el valedor que exhibiría la impericia, ignorancia e ineficiencia (las 3 íes) de la clase gobernante?

Definitivamente, la administración pública no es una entidad certificable, porque aún persisten los vicios y truculencias del factor imponderable del poder, esa condición que elude todas normas y los parámetros de la perfección que califican todos los perfiles del profesionalismo…

domingo, agosto 10, 2008

Compás de espera

En algún lugar sobre la línea perpetua del tiempo, entre los hitos de la historia, transcurren lapsos fortuitos y sinuosos, claroscuros de esperanzas y decepciones; y esas prórrogas vacilantes sólo se disipan con la llegada de los visionarios…

Dicen los que saben, que los estadistas pertenecen al rango más elevado de la política porque anteponen los intereses de la nación a los personales, que tienen la capacidad para realizar los cambios que convengan y beneficien al país, que por eso, son muy pocos los políticos que han alcanzado la categoría de estadistas, y que el último de los estadistas mexicanos abandonó el escenario político en los años ochenta del siglo pasado.

La prioridad de un estadista es el lograr el desarrollo de la nación, su visión se enfoca en la transformación de la sociedad y de las instituciones, y conduce al estado hacia la funcionalidad integral: administrativa, legislativa y jurídica. Un verdadero estadista no tiene ataduras con grupos, sectores o intereses, y sus decisiones reflejan inteligencia, sensatez y compromiso.

Por todo eso, los estadistas escasean en la historia nacional; son personajes que surgen esporádicamente, y por los avatares del destino, aparecen en épocas de crisis y la influencia de su pensamiento incide en los grandes cambios sociales, aún mucho tiempo después de su intervención en la arena política.

Sí!... México está inmerso en una parsimoniosa prórroga de indefiniciones; transcurre ese compás de espera que suele caracterizarse por la ausencia de un verdadero estadista en la política nacional. Así lo confirman las recientes decisiones en el ejecutivo.

El grotesco desenlace del secuestro del joven Fernando Martí que consternó a la opinión pública, también provocó en Felipe Calderón una reacción visceral, irreflexiva, demagógica: el presidente envió a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión una propuesta para elevar a cadena perpetua el delito de secuestro, extrapolando al ámbito nacional una tragedia en particular.

La reacción del mandatario a este crimen reveló cómo influyen las cuestiones personales en las decisiones oficiales, al grado de incurrir en la incongruencia: ahora, Felipe Calderón propone cadena perpetua contra policías secuestradores, cuando hace apenas unos meses firmó dos protocolos internacionales contra las penas mayores.

El flagelo de la delincuencia organizada vulnera a toda la ciudadanía, la industria del secuestro y la extorsión se expande a todos los niveles socioeconómicos; todos los secuestros son condenables, y en todos los casos se producen daños irreversibles, por eso, es lamentable que la indignación del mandatario surja exclusivamente ante un agravio a la cúpula empresarial. Un presidente debe velar por la seguridad y el bienestar de todos los ciudadanos, sin distinciones. Un verdadero estadista no exhibe su cercanía con un grupo o sector, y decide en virtud de un proceso inteligente y concienzudo.


La inseguridad cunde como una epidemia y nadie se encuentra a salvo. El miedo se generaliza y se esparcen las cifras negras de la vergüenza: de cinco secuestros, solamente uno es denunciado. En el 2008 se han registrado oficialmente 438 secuestros, pero se estima que realmente han ocurrido casi dos mil en todo el país. Además, la vulnerabilidad social se acentúa porque únicamente el 0.7% de estos casos son sentenciados. La derrota ante la criminalidad se produjo en todos los frentes de la lucha y mucho antes de abrir la cajuela donde encontraron el cadáver de Fernando Martí.

No!... aún no se vislumbra el surgimiento de un estadista en el país y todos los pronósticos son aventurados. Pero en los periodos de indefiniciones, el único aliciente estriba en implantar la conciencia y la sensibilidad social en las generaciones venideras, porque entre los jóvenes de ahora surgirán los estadistas que habrán de guiarnos al final de este lapso fortuito y sinuoso, clarificando los claroscuros de esperanzas y decepciones, porque esta prórroga vacilante sólo se disipará con la llegada de los visionarios…