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jueves, enero 24, 2019

La reinvención de los viejos hábitos


En algún lugar agitado y concurrido, mientras se reduce el espacio vital la última pisca de cordialidad se resiste a los modales de la indiferencia circundante; la cercanía ya no significa proximidad pero se reinventan los rituales del apego…
           
            A fines del siglo XX, Marc Augé detectó la transformación de los espacios públicos en vías de comunicación, circulación y consumo; poco a poco desaparecieron: las plazas donde alguna vez socializamos, los puntos de encuentro y los afectos espontáneos que nacían al frecuentar algún negocio. Ahora, el ritmo de la vida es más acelerado, nos desplazamos de un lugar a otro sin reparar en quienes nos rodean o nos atienden porque es improbable que los encontremos otra vez, y si así sucediera, no los reconoceríamos.

            La proliferación de las vías de comunicación, circulación y consumo (conocidas como “No lugares”) se agudiza por los efectos colaterales de la tecnología en las comunicaciones que nos envuelven en una pequeña burbuja digital aislándonos de las personas físicamente cercanas. Y así, en la aldea global se volvieron anacrónicos los rituales de convivencia. Por ejemplo: compartir los alimentos con la familia, que fue un momento festivo desde el paleolítico cuando la cacería era el medio de subsistencia; durante siglos, la hora de la comida o de la cena fue el momento del día destinado a la familia y la presencia en la mesa implicaba disciplina y respeto. Ahora, una reunión familiar se reduce a una mera coincidencia porque la atención de los comensales se concentra en los teléfonos inteligentes.

Sí: lo único constante es el cambio. La convivencia, el juego, el enamoramiento, el trabajo, el ocio, y todo lo que se le ocurra, se realizan sin las limitaciones del tiempo y del espacio y el ritual del mercado no es la excepción: las compras en internet han desplazado a las tiendas y ya son varias las firmas comerciales que han cerrado sus locales. La experiencia de visitar una tienda también está a punto de extinguirse: el ritual de ver los escaparates, recorrer pasillos buscando lo que no se necesita, descubriendo las ventajas de nuevos artefactos, revisar los productos, probarse las prendas, serán hábitos obsoletos a la brevedad posible.

El comercial más reciente de la cadena norteamericana de autoservicio Walmart promueve un nuevo procedimiento para adquirir mercancías: el pedido se hace por internet y el paquete se recibe en el estacionamiento. El comercial “Grocery Pickup – Famous Cars” se estrenó durante la entrega de los premios Golden Globes y en pocas horas rebasó los 17 millones de reproducciones en YouTube lo que augura la rápida expansión de esta nueva forma de comprar.

En un futuro cercano seremos compradores con un número de cuenta que no saben quién recibe y envía sus pedidos, habitantes de un “No lugar” planetario. Pero aún en ese escenario, subsistirá la necesidad de aceptación y la última pisca de cordialidad continuará resistiendo los modales de la indiferencia circundante y el apego se reinventará en nuevos rituales…


domingo, enero 15, 2012

El muro de la indiferencia

En algún lugar pletórico y vertiginoso se concentran los efectos de aislamiento y se expanden los estragos de la indiferencia; y es justamente ahí, en un sitio sin reposo donde la identidad se disuelve en el anonimato…

Entre los rasgos que distinguen a los habitantes de la aldea global predomina el individualismo, el ego exacerbado que aniquila la empatía; por los efectos de esa predisposición socialmente adquirida se atenúa, al grado mórbido, el mandato genético que hizo del hombre un ser social. Hoy por hoy, el mundo se ha transformado en un sendero de circulación incesante donde los transeúntes se desplazan apresurados sin mirar a su alrededor porque padecen el agobio galopante de la indiferencia. La paradoja de esta época consiste en la percepción: los individuos ensimismados deambulan sin percatarse de la realidad tangible que los envuelve porque su atención está capturada en las redes de un tejido virtual.

En el ajetreo cotidiano y por esa indiferencia lacerante, la belleza, la maldad y las perversidades pasan desapercibidas. Así lo confirmó el experimento de Gene Weingarten, redactor del diario The Washington Post. Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, aceptó la propuesta de actuar de incógnito en el subterráneo: ataviado con pantalones de mezclilla, camiseta de manga larga, gorra y su Stradivarius (de 1713, valorado en 3,5 millones de dólares). El 12 de enero del 2007 a las 7:51 de la mañana, el artista comenzó un recital de seis melodías de autores clásicos en la estación de L'Enfant Plaza en Washington, entre decenas de personas cuyo único pensamiento era llegar a tiempo al trabajo. Lejos de los grandes escenarios, entre las prisas y la apatía, el violinista recaudó en su estuche 32 dólares y 17 centavos, durante 43 minutos. 1.097 personas pasaron cerca de él, sólo una mujer lo reconoció y muy pocos se detuvieron para escucharle.

En julio del 2011, en la Ciudad de México, el empresario textil Miguel Moisés Sacal Smeke, propietario de una cadena de boutiques de ropa, estalló en ira, gritó, ofendió y golpeó a Hugo Enrique Vega, portero del edificio donde vive. En la filmación de la cámara de seguridad se aprecian las humillaciones y el desprecio del magnate, pero también se perciben la sumisión de la victima y la cruel indiferencia de sus compañeros de trabajo quienes atestiguaron el incidente. Esta brutal exhibición de prepotencia fue imperceptible hasta el momento en que este video se insertó en las redes sociales; fue entonces cuando se desencadenó el rechazo y abundó la discriminación en las etiquetas de miles de mensajes. Pero la vida siguió curso y el centro del mundo recuperó su egocéntrica ubicación. Después de una breve saturación mediática todas las miradas regresaron al muro donde transcurre la vida virtual, al muro de la indiferencia que bloquea la percepción de la realidad latente y tergiversa los significados de la presencia y la compañía.

La indiferencia como forma de crueldad se erige como la hipótesis que confirma la naturaleza cambiante de una especie vulnerable. El primer capítulo en la historia de los hombres inicia cuando la afinidad y la empatía le permitieron sobrevivir como especie; ahora, en la aldea global se concentran los efectos de aislamiento y se expanden los estragos de la indiferencia porque el mundo es un sitio sin reposo donde la identidad se disuelve en el anonimato…